Imagen: Luis de Góngora y Argote (retrato de Diego Velázquez) (Ir a la fuente)

Texto: Soneto CLXV de Luis de Góngora y Argote:

Ilustre y hermosísima María,
Mientras se dejan ver a cualquier hora
En tus mejillas la rosada aurora,
Febo en tus ojos, y en tu frente el día,

Y mientras con gentil descortesía
Mueve el viento la hebra voladora
Que la Arabia en sus venas atesora
Y el rico Tajo en sus arenas cría;

Antes que de la edad Febo eclipsado,
Y el claro día vuelto en noche obscura,
Huya la aurora del mortal nublado;

Antes que lo que hoy es rubio tesoro
Venza a la blanca nieve su blancura,
Goza, goza el color, la luz, el oro.

(Fuente del texto)


Musicalización e interpretación: ARM - Soli Deo gloria.

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Reflexión:

Sorprende la facilidad con que puede llegar a olvidarse el temblor de la hermosura. Hasta que vuelve a pasar junto a nosotros fugaz e inalcanzablemente. Acaso muchas veces debió sentirlo Luis en su juventud y un día, quizá hurtando el tiempo a sus estudios salmantinos, se propusiera esculpir este soneto. Él, que había leído a Garcilaso, había captado perfectamente la belleza de una dicción cortés y enamorada, la eficacia de unas metáforas en equilibrio, el poder de las imágenes en contraste.

Hay muchas maneras de intentar que las palabras, como decía Neruda, trepen de una guarida oscura y traten de alcanzar a la persona amada. Es una cuerda de equilibrismo. El pretendiente muy fácilmente puede encontrarse imantado por los extremos. O construirá un discurso débil y lacrimógeno; o se excederá en la expresión enfática de su sentimiento. Ambos extremos no deberían capturar una consciencia que sabe que no habrá una relación auténtica cuando uno de los dos quiera eclipsarse en el otro.

Escándalo de la hermosura. Los moralistas abstractos invocan el tiempo y superponen una calavera a aquel rostro en primavera. Los hedonistas no viajan a aquel invierno mortal, pero son incapaces de no proyectarse en un más acá en que ansían poseer la belleza.

La celebración objetiva de la belleza en su real temporalidad –sin imaginar el momento de su extinción o el de su consumo- es una forma maravillosa de recuperar el valor fugaz del presente. Vivimos enfangados en el pasado y/o hipotecados por el futuro. Pero hay una mirada estética que nos sugiere el perdido espesor del presente.

Por supuesto que Góngora sugerirá la muerte; pero con qué finura. A “María” no la está amenazando. La aurora no morirá; huirá (¿hacia otra parte?). Si se habla de las sombras del anochecer, no es para invocar la tiniebla; sino para cantar el color y los brillos del presente; para recordar que hay un áureo tesoro en el ahora; para invitarla a celebrar la luz.

Cuánto nos cuesta celebrar el presente y saborear su dinámico espesor, la gloria gratuita de su belleza en movimiento.

[…] Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe? Mateo 6:28b-30

¿Cómo montarnos al caballo del tiempo y celebrar sin adicciones al placer ni pesadillas de muerte este precioso presente que rápida o lentamente se nos escurre de entre las manos? ¿Dónde hallar una visión de la vida que no caiga en las trampas del estoicismo, por un lado, y el epicureísmo, por otro?

Si intentamos conferir el absoluto a este presente su finitud nos defraudará. Pero si vemos en las bellezas –aunque fugaces– del presente un espacio que disfrutar, y además una señal que apunta al cumplimiento de la Divina promesa de la vida eterna (a quienes la aceptan con fe), entonces el correr del tiempo no será la amenaza de la arena que cae de un reloj; sino que el blanco aparentemente senil de un almendro no será sino un aviso de otra primavera más plena y aún más placentera que ha de llegarles con certeza. (ARM)

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